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domingo, agosto 20, 2006

Chale Izaca - Todos Debemos Volver

Artículo de Esther M. Arjona

Información tomada de Prensa:

http://mensual.prensa.com/mensual/contenido/2005/09/18/hoy/Mosaico/2005916182752.html


CHALE ICAZA: TODOS DEBEMOS VOLVER

El batería panameño reconoce los beneficios del estudio y la especialización en grandes ciudades, pero considera que hay mucho que hacer en el país de origen. Ahora es que empiezan los proyectos.

El teléfono celular anuncia la llegada de Chale al estudio fotográfico. El calor y la humedad de la mañana de sábado se hacían sentir como nunca.

Tenemos la tarea de subir por las escaleras sus instrumentos. Por suerte solo se trataba de un piso.

En ese momento pienso en lo fácil que la pasan los flautistas y, sobre todo, los cantantes.

Mientras, Chale va armando el rompecabezas que emerge de estuches negros, en su mayoría redondos y que al final se convierten en una batería: tambores, pedestales, pedales, platillos, un asiento y por último, los bolillos.

El sudor corre por su frente a pesar del aire acondicionado y que las luces del estudio aun no se encienden. Su imagen es muy sencilla, pantalones negros anchos, una camisa convencional, zapatillas blancas y una boina cuya labor es mantener sus rebeldes rizos lejos de su rostro.

Comienza la sesión y no se trata de un jam de los que está acostumbrado a participar. De ella se producen las fotos que acompañarán esta entrevista.

Ya sentado frente a los cueros, siento el respeto del músico por sus instrumentos. Toma los bolillos y de una forma espontánea, como quien hace magia, empiezan a emerger ritmos, algunos más movidos que otros, algunos más conocidos que otros. Él está creando música, mientras Eric, el fotógrafo, crea imágenes.

La relación de Chale con los tambores no es nueva. Fue cautivado por sus sonidos desde los nueve años de edad cuando un vecino baterista se los dio a conocer.

“Mi padre me regaló una batería de juguete cuando tuve nueve años y cuando cumplí 14 compré mi primera batería”, recuerda Chale.

Con la adolescencia siguieron los años de rock en los cuales incluso viajó a Costa Rica en gira con su grupo llamado Tiés.

“Siempre toqué de oído, no estudié música, pero con esa banda hicimos música bastante tiempo”.

Pero su panorama cambió cuando un amigo le proporcionó un disco de John Coltrane. “Nunca había escuchado jazz, no le había prestado atención y cuando escuché aquello, me voló la cabeza”.

A Chale le impresionó la música que escuchó, el alto nivel de los instrumentistas, sobre todo en la batería. “Tenía mucha técnica y conocimiento, pero no entendía qué más se podía hacer con la batería”. John Coltrane y su baterista Elvin Jones le abrieron un nuevo camino.

“No podía creer que algo así se pudiese lograr”, comenta Chale.

Poco a poco se fue haciendo de una interesante colección musical de jazz y escuchándola se dio cuenta de que él no podría lograr lo que hacían los músicos que él escuchaba si no tomaba las cosas en serio y estudiaba.

“Había llegado a un punto en que no iba a evolucionar si no sabía leer música y componer. El jazz es más que talento. Estudias o estudias. Toma más trabajo y es algo más serio, tienes que practicar siempre, si dejas de practicar pierdes la forma”.

Él ya estaba convencido, luego le tocó convencer a sus padres que no veían en la música una carrera estable.

Superados los obstáculos viajó a Estados Unidos para estudiar en el Berklee College of Music en Boston y luego en la New School University en Nueva York.

Chale Icaza ha formado parte, desde entonces, de diversas agrupaciones musicales, cada una con sus propios proyectos. Fundó un cuarteto y un trío, ha estado en los escenarios del Kennedy Center en Washington, en clubes de Nueva York y sus alrededores y los últimos años los ha dedicado al ritmo conocido como afrobeat, de manos de la agrupación Akoya Afrobeat Ensemble, con la cual participó recientemente en una gira por Canadá que incluyó el Festival de Jazz de Toronto.

Chale reside nuevamente en Panamá desde diciembre de 2004. No siente estar perdiéndose de nada, es más, está elaborando nuevos proyectos y aunque espera poder seguir participando en giras internacionales, fijar su residencia en Panamá.

—¿Por qué decidiste regresar a Panamá?

—A pesar de que estaba tocando, participando en giras, después de estar seis años viviendo en Nueva York me cansé. También estoy aquí porque quería venir, porque siento que en Panamá hay cosas que están cambiando, siento que hay un espacio para músicos como yo que no tocamos música comercial, que hay un espacio para el arte, la cultura, la música y hay un público que valora a los músicos de calidad.

—¿Encuentras cambios en la escena artística panameña ahora que has regresado?

—Siento que Panamá está mucho mejor. Antes que yo me fuera las oportunidades para tocar, si no eran en un bar, resultaban muy escasas. También era más difícil grabar. El grupo Tiés se separó porque llegó un momento en que las cosas no se estaban moviendo. Pero ahora hay más lugares para tocar, los jóvenes tienen la mente más abierta, hay más movida de arte, más maneras de vivir alternativas, yo me gano la vida tocando música, y enseñando antes no sé si lo hubiera podido hacer. Hay más jóvenes que toman clases, hay más espacio y respetan más el hecho de que seas músico.

—¿Por qué crees que ha cambiado la actitud hacia los músicos?

—La imagen que daba el músico era como el de un ser improvisado y hay que esforzarse para que no sea visto de esa manera. Yo tuve que convencer a mis padres por años de que esto era lo que yo quería hacer y lo iba a tomar en serio. Estudiando no es que sea más fácil, pero sé de lo que estoy hablando. Entonces ven que eres un especialista, que sí sirves y te respetan.

—Hay una reactivación de la escena artística y sobre todo musical con el trabajo de varias fundaciones y el establecimiento del Panama Jazz Festival. ¿Qué piensas que hace falta?

—El jazz tiene muchos estilos y nos estamos limitando en uno solo. Me parece bien lo que hay, pero podría haber más variedad, una música más experimental, más underground, más avant garde.

El free jazz es un estilo con el que me conecté mucho en Nueva York, que es muy difícil de tocar y que va más allá del jazz que escuchas en un club de lujo, donde tal vez muchas personas no pueden ir seguido. Yo quisiera abrir espacios diferentes para otro tipo de público, gente más joven, algo alternativo que se presente en un lugar que no tenga que ser tan de etiqueta. Esto lo vi allá y pienso que gustaría

—¿Qué piensas que le puedes ofrecer a los panameños con tu música?

—Algo nuevo, mis composiciones están dentro del lenguaje del jazz, pero en ellas siempre sale algo de aquí (Panamá). Algo folclórico, popular, ritmos y melodías que he escuchado, quiero meterle eso a lo que he aprendido en Nueva York. Voy a comenzar escribiendo la música y después veré quiénes serían los músicos que me acompañarían. Quiero ofrecer un lenguaje de jazz diferente y joven.

—¿Qué quieres que los panameños te ofrezcan?

—La música popular de todas partes del país es una fuente muy profunda de ideas y de inspiración. Estuve seis años fuera y siempre pensaba que me encantaría volver y gozar de todo eso. En Nueva York, donde hay tanta gente, se pierde la identidad, mientras que en Panamá la identidad y la cultura es tan fuerte...

—¿Piensas que el futuro está afuera o en Panamá?

—Creo que sí hay un futuro aquí. En todas partes es difícil. En Nueva York también es difícil. Uno se tiene que sentar a pensar que las cosas no pasan por sí solas. Pasan si tú quieres que pasen. Hay cosas que tendrás que hacer aunque nunca las hayas hecho.

Tal vez afuera puedan ocurrir más cosas, pero también es difícil. Allá hay tanto músico que te puedes quedar dando vueltas y no llegar a ningún lugar.

—Dice un tema de Rubén Blades que “todos vuelven”. ¿Eres tú una de esas personas que vuelven?

—Sí. Totalmente. Musicalmente quería irme porque quería estudiar, pero hubiera querido quedarme. Lloraba cuando acababa de llegar allá y me preguntaba ¿qué estoy haciendo? Pero me quedé allá porque empecé algo y debía terminarlo, pero me daba una cabanga increíble.

Pienso que todo el mundo debería volver. Critico a los panameños que se van, ven algo increíble afuera y niegan, se olvidan de quiénes son, cierran la puerta y no vuelven más a Panamá.

También me molesta encontrarme con alguien que me pregunte “¿qué haces aquí en Panamá?, si aquí no pasa nada..”, de repente esas son las personas que tienen que irse. No han visto afuera para darse cuenta de lo mal que puede resultar. No todo es bonito ni todo sale bien.

—¿Volverías a irte?

—Estoy tramitando una visa de artista porque la mía se venció. No es fácil de conseguir pero ahora tengo un currículum más completo. Mi ideal sería poder salir en giras -para esto la visa- pero vivir en Panamá.

—¿Qué cambiarías de la escena panameña?

—Acá algo pasa entre los músicos, hay cierto recelo y a las espaldas hablan. Algo que quiero fomentar es el respeto entre los músicos. Está bien una competencia sana, pero no hay por qué estar en la “rompedera”. El que viene de afuera también debe respetar el talento del que está aquí y no se ha ido. Hay que adaptarse, buscar una buena visión, si alguien toca bien, decírselo. El buen músico es humilde. Eso lo aprendí con mis maestros. Los ídolos del jazz son muy sencillos, no tienen nada que probar.

—¿Quiénes te han inspirado?

—De las leyendas, los maestros Elvin Jones, el baterista de John Coltrane y mis profesores, Randy Peterson y Jeff Williams, músicos veteranos que te tratan como un igual, te dicen “tú eres baterista igual que yo, y serás bueno”. Eso te motiva y sigues adelante.

—¿Cuál ha sido la enseñanza más valiosa?

—Más que teoría musical, lo que uno puede aprender en una clase privada con uno de estos maestros. Allí fue donde más aprendí aunque en ese momento no me daba cuenta. Era demasiado para mí. Quisiera llegar a ser para algunos jóvenes lo que ellos representaron para mí, aunque yo no sea una leyenda; dar inspiración a alguien que se quiera poner a estudiar.

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