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viernes, noviembre 24, 2006

El respetable público del jazz

Por Rafael Marfil

Información Recopilada de GranadaDigital:

http://www.granadadigital.com/gd/amplia.php?parte=Opinion&id=598

Cautivos, desarmados y agradecidos por la avalancha de conciertos en noviembre, añoramos ahora las crujientes butacas del Isabel la Católica. Hemos encontrado buena música estos días. Además de una simple afición, el jazz llega a ser una manera de estar en el mundo. En sus acordes nos buscamos un poco a nosotros mismos. Queremos, en nuestra esquizofrenia musical, que nos tarareen estribillos conocidos. A la vez, si esos estándar resultan demasiado obvios y previsibles, aplaudimos con desgana y salimos descontentos. Necesitamos innovación, pero cuando llega no la perdonamos, ya que siempre recordamos a Duke Ellintong y Charlie Parker con esa frase hecha y vacía de “aquello era música”.

Observo en los festivales que cada uno va siendo, año tras año, un poco más de su padre y de su madre. Están los modernos que flipan con Zawinul o Garrett. También los hay clásicos, que en realidad están necesitando un bolero bien cantado o una sencilla sesión de ragtime. Siempre están los “boperos”, que no quieren saber nada del asunto si el desarrollo del solista no salta entre mil tonalidades. Coltrane se les queda pequeño hoy día. Luego están los que, puntualmente, acuden llamados por la estética. Ya se sabe, hay quien asocia el jazz con los reflejos de un saxo o el humo saliendo de una esquina en las calles de Harlem. Descubren que, gracias a Dios, no sale humo por ningún lado, ya que es un recurso cinematográfico propio del cine negro.

Que los saxos muchas veces no brillan, porque los buenos suelen ser antiguos y están desgastados. Los que buscan todo esto, salen del teatro en silencio al finalizar el concierto, pero no vuelven nunca más. Los que más admiración me causan son los fanáticos del free. ¿Cómo puede gustarle a alguien exclusivamente lo que no entiende?. Comprendo su amor por lo distinto, aunque no comparto su actitud radical. Así, todas y cada una de estas tribus conviven perfectamente, aunque se miren de reojo. El público es la verdadera representación de la perfecta convivencia. Algunos, en estos días, se han dedicado incluso a dormir plácidamente durante el concierto. De todos ellos, me siguen impresionando aquellos que observo, cada año, en las primeras filas.

Guardan su abono, desde hace décadas, en el fondo de algún cajón. Rememoran las imágenes de Juan Vida para cada edición del Festival. Reservan para siempre en su recuerdo instantes inolvidables, como para mí lo fue Tete Monteliu con Paquito de Rivera en el Estadio de la Juventud. Sin modestia, porque formo parte de esta última tribu, quiero dedicarles mi más sentido comentario del festival. Todos sean bienvenidos. Con este público y, cómo no, con los patrocinadores y organizadores, el festival ha sido cada vez más grande. Y quizá también más libre.

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